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Amor perpetuo

opinionPuerto Vallarta, Jal.- A mi madre la llamó mi padre Dios hace años; no me gusta recordar fechas dolorosas. En la vida ella se orientó a buscar al Señor, amarlo y con su muerte estará con Él toda la eternidad.

Esta colaboración la dedico a todas las madres ausentes a las que dejaron su legado invaluable, ese que una mujer escoge para sus seres amados: sus hijos. Esa persona por la que lucha a cada momento, todo para entregárselo a sus pequeños, tengan pocos meses o demasiados años, ellas los verán siempre como sus amores eternos; con bendiciones valorarán su ausencia, nunca dejarán de luchar por ellos.

No me agrada la tristeza, hoy sí la siento clavada en mi corazón al recordar a mi viejecita, a mi madre ausente para siempre. Más cuando veo las calles pletóricas de ramos de flores, regalos, anuncios publicitarios varios, entonces la daga llega más hondo. Cuánto pude haberle dado y cuántas penas haberle evitado; fue imberbe.

Todos los 10 de mayo recuerdo a mi madre ausente por siempre, más ahora que mis cabellos pintan canas, en el momento maduro de mi vida, empiezo a vivir sin el encanto de aquellos ayeres cuando disfrutaba de los añorados cariños, celestiales en todos los momentos dispensados. Te fuiste madre mía y no me resignaré jamás a tu ausencia. Aunque cada día envejezco más, cuando pienso en tus cariños me siento niño.

El imperio del dolor sacude a los que en este día recuerdan a su madre ausente. Sé del frío que recorre la espalda cuando amanece el 10 de mayo; entonces me convenzo que desde algún lugar me escuchas madre mía, entonces les digo a todos lo que no la tienen, ellas no se van son perpetuas, inmortales, aquí están entre sus hijos, a diario nos abrazan y procuran, desde arriba nos miran y miman, nos hacen recobrar la confianza y la fe en el Señor; no tengo la menor duda.

Cada 10 de mayo, sin ella es interminable, día infausto por momentos para mi fe y la esperanza por mi madre perdida, mi existencia se convierte en un gemido interminable durante 24 horas de ese día; parece un eterno sufrimiento y lo supero pasado ese tiempo en el cual la recuerdo, mi lamento infinito desaparece y vuelvo a nacer al recordar la caricia de sus manos; como diría el gran poeta Mario Benedetti:

¡Solo ellas son las santas, solo ellas son las que aman, las que todo prodigan y nada me reclaman! ¡Las que por aliviarme de dudas y querellas me sacan las espinas y se las clavan en ellas!

Feliz día a todas las maravillosas madres mexicanas y del mundo.

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