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Cuidado con las palabras

vamos por partesPuerto Vallarta, Jal.- Cuando escucho palabras fuera de lugar siento demasiado coraje, “mentiras piadosas” y otras ocurrencias sin sentido o respaldo se han convertido en patrimonio de la humanidad.

Estoy seguro y lo he comentado con varios de mis discípulos, compañeros de la vida, el sentido de ésta es precisamente la palabra; ella destruye o forma para solidificar la percepción que se tenga en relación a los acontecimientos cotidianos.

Las palabras hacen soñar en posibilidades o te aniquilan por dentro para hacerte vivir el infierno de la indecisión con el desengaño, mentir es fácil como destruir definitivamente a todo desvalido de respuestas o demasiado confiado. Emitir juicios, no ocurrencias, implica más allá de simples pensamientos, es vivir en el otro o simplemente manipular sus emociones.

Me deprime demasiado escuchar palabras en abstracto, no pensadas, esas que surgen de visiones retorcidas, infundadas, faltas de inteligencia, más todavía cuando son emitidas por personas a las cuales se les considera perspicaces y sabias. En lo personal me desvanecen al comprender su ínfimo alcance para aclarar lo que realmente desean, buscan o pretenden alcanzar. No son claros  en sus “juicios”.

El valor de las palabras es inmenso siempre y cuando estén en el lugar correcto, lo contrario es manipulación y engaño. Así se pasa la existencia el limitado dando lecciones a mucha gente a la que es difícil descifrarlo; en mi caso nadie me enseñó a emular a esos seres, tampoco ser hipócrita, me siento bien así al llegar a la madurez, mi salud no es la mejor, mi vida sí, existo en la lección de la belleza de los que realmente se preocupan por mí, no demasiados solamente los suficientes para continuar en este mundo contradictorio.

El tiempo pasa sobre los seres vivos muy rápido, como temporales los olvidamos como ninguna otra especie. Asunto interesante que he aprendido, la intimidad y la verdadera amistad decrecen, tiende a desaparecer; uno de sus momentos es lo material, el dinero, la jactancia, eso no cuenta para ser realmente feliz, cuidar lo necesario para cuando llega la vejez es primordial para muchos, para otros es conservar la salud, cuestión de enfoques.

Por lo pronto tengo tiempo para meditar, cada día que pasa evalúo mis victorias, sacrificios y deslealtades recibidas y me convenzo de la necesidad de no irse de la vida sin despedirse de los seres amados, lo hago a diario, a mi modo para mis adentros como me he acostumbrado y me acostumbraron mis antepasados a no ser ingrato con los que me tendieron la mano y ahora pretenden deshacerse de mi presencia y hasta de mi persona; para mí nunca será demasiado tarde para convertirme en lo deseado, regularmente en cada minuto doy el primer paso sin saber si llegaré a recorrer el camino.

Mi reflexión me lleva a respetar a mis lectores permanentes y casuales; no es tarea sencilla, ellos saben cuándo la persona que redacta es un farsante sin bases informativas, formación en la  investigación, los llamados lentos no proactivos. Aquellos que adulan sin dudar, los que aceptan sin cuestionar, los hipócritas irresponsables solamente emiten palmazos ficticios y dudosos para quedar bien con la gente en el poder, después lo olvidan: “viva el rey muera el rey”; en los años de mi ejercicio periodístico jamás lo he sido, realmente dudo llegar a hacerlo. Produce tristeza al leer a esos descerebrados quienes no piensan en el alcance de cada una de sus adulaciones lo que es peor, las usan sin control. Igual aseguran o niegan, sin imprimir valor a sus escritos.

Las libertades tienen límite en el espacio de opinión cimentado con la palabra oral o escrita, la segunda requiere de mayor cuidado en su expresión perdurable, la primera se va con el viento; reitero la escrita comunica cultura y educa, ayuda a trascender; como señala Julio Cortázar:

“Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de repetidas, y muchas veces mal empleadas terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados…”

(Encuentro en el centro cultural de La Villa de Madrid 1981, Julio Cortázar brindó una charla memorable sobre el valor de las palabras.)

Es difícil acostumbrarse a la ignominia producida por el respeto a las palabras, a esas que construyen futuro no a las que engañan por compromiso. Respetarlas es reconocer la memoria humana.

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